25 de junio de 2010

Aquello

Pero ahora no puede negar que tiene problemas para dormir. No es a causa del trabajo, por supuesto(porque su trabajo es envidiable).
Pasa el bus de medianoche (ese que se han inventado para explicar lo que se lleva a los durmientes al mundo del descanso nocturno), el de las dos de la mañana, el de las cuatro y el se obliga a dormir porque la verdad es que ni modorra tiene. Cuando apoya la cabeza en la almohada persiguiendo el sueño, no puede dejar de pensar en todo lo que aún podría hacer en esas horas si no estuviera estipulado que el ser humano tiene la obligación de dormir.
Es entonces que empieza a ver cosas por el rabillo del ojo.
Primero piensa que es la privación de sueño, alucinaciones, una broma del cerebro reclamando su descanso.
Pero cuando Aquello que se pasea por su cuarto como sombra comienza a robarse objetos de su casa, se da cuenta de que el asunto es serio.
Y como siempre sucede en estos casos, nadie le cree.
Le proporcionan pastillas para dormir que el no toma y que apila en el cajón.
Le recluyen una semana para una cura de sueño en un bonito edificio para gente estresada. Pero es inútil porque, aunque esa no es su casa, Aquello de todas maneras se asoma a hurtadillas por entre sus párpados entrecerrados haciendo ni remotamente pensable que el se permita dormir.
La dopan con lo que parece la dosis para un elefante (antes de que la demencia se haga permanente en su cerebro y ya no exista remedio, según le explican) y en esas circunstancias, no puede seguir luchando.
Y el gime porque no es justo. Balbucea, arrastrando las palabras, mientras la droga bate todas sus resistencias. Les advierte que la ponen en posición de indefensión frente a Aquello, pero es inútil. Alguien le palmotea condescendientemente la mejilla mientras le susurra que todo estará mejor por la mañana. Sin embargo, el sabe que no será así porque Aquello está en una esquina, mirándola directo a los ojos, esperando pacientemente porque sabe que al final, a pesar de todos sus esfuerzos, se dormirá.

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